Platillos voladores en Cuba
Argelio Santiesteban
Sí, bien sé que a cada rato se forma la alharaca en los medios, con el palo periodístico que a fuerza de sobado ya pasa a ser manido: un “encuentro cercano”. Otro más...
Al final, todo se disuelve en agua de borrajas. Porque se descubre que el pretenso testigo es un labriego analfabeto, con delirium tremens, un arrebatado que también hizo la primera plana, hace seis meses, cuando dijo ser el nuevo Mesías. O lo que es peor: una solterona, carente de algo más concreto, más tangible, que consuela sus noches insomnes con visiones de extraterrestres.
Pero en Cuba sí podemos afirmar, a boca llena, que fuimos anfitriones de seres llegados de los fríos espacios interestelares.
¿Lo duda usted? Pues ya conocerá, enseguida, al singularísimo testigo que presenció el merodeo de ciertos seres —¿verdes y con antenitas?— por la Antilla Mayor. Y ese testimoniante no fue ni un alucinado que empinaba el codo, ni una dama con fantasías sexo-siderales.
SE PRODUCE EL PORTENTO
Ya el científico alemán, acodado sobre la borda, ve acercarse la costa cubana. Cuando llegue a tierra, en aquel Año del Señor de 1800, lo esperan sorpresas a más no poder. Por ejemplo, una San Cristóbal de La Habana cuyo pavimento está “empedrado” —por así decirlo— con adoquines de las maderas más preciosas, incluida la caoba.
Ah, pero los mayores desconciertos ocurrirán antes del desembarco. Bordeando el litoral, en compañía de su amigo, el botánico francés Bonpland, ocurrirá el milagro. Que él mismo lo relate:
“La luna llena estaba muy alta. A su lado, 45 minutos antes del meridiano, apareció un gran arco de colores prismáticos, pero de aspecto opaco. Parecía más alto que la luna, con una anchura de dos grados. Estuvo estacionario varios minutos, después bajó gradualmente y se hundió en el horizonte”.
Mas no terminarían aquí los eventos desconcertantes, pues, según anotó el científico alemán:
“La próxima noche, a la distancia de un cuarto de milla, vimos una llama que corrió por la superficie del mar hacia el Sur-Este, iluminando la atmósfera”.
El testigo no era ningún observador asustadizo o ignorante. De los hechos dejó fe, tras presenciarlos, nada menos que Friedrich Heinrich Alexander, barón de Humboldt, el perito en magnetismo terrestre, el vulcanólogo que estudió el Chimborazo, el rastreador de diamantes en los Urales, el experto en agricultura que introdujo en Europa el guano como abono... en fin, el hombre al cual llamaron “segundo descubridor de Cuba”.
Más confiable testigo, ni mandado a diseñar.
¿ACASO ME LEYERON?
Este humilde redactor se ha limitado a exponer los hechos mondos y lirondos, como quien despliega las pruebas en un litigio judicial. Solo materia prima para que cada uno piense lo que desee, según el buen juicio y la sana razón.
Cósase cada uno el sayo a su medida, que yo no he sumado, suprimido o alterado ni una coma en los amarillentos papeles que nos dejó como testimonio el sabio alemán.
Pero hay algo más grave. Cuando escribí por primera vez sobre el asunto —revista Bohemia, 18/noviembre/1988— sucedió algo inaudito. Se vendían los ejemplares en los estanquillos cuando empezaron a aparecer señales celestes —precisamente en la zona donde las observó Humboldt—, que la gente comenzó a identificar con platillos voladores. El Instituto de Geofísica y Astronomía de Cuba —véase prensa de la época— no pudo presentar una explicación coherente del fenómeno.
Y, si la modestia no me lo impidiera, me sentiría tentado a pensar que todo fue una señal de agradecimiento de mis potenciales amigos del espacio, reconociendo servicios por publicidad gratuita.
(Fuente: Juventud Rebelde (24 de julio del 2005) .http://www.jrebelde.cubaweb.cu
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